El camino potencia los sentidos, en el camino se pueden ver, oir y tocar cosas que no podrías sentir estando quieto por ejemplo.
Vinculo el cuerpo con el dibujo a través del rastro que involuntariamente dejarnos a nuestro paso, porque el dibujo es un modo de expresión muy directa, y que a mi personalmente me satisface.
La “agresión” que nuestros cuerpos dejan a su paso, nos hace pensar en el paso del tiempo, a como esos lugares han sido vividos. La experiencia que dejamos en los lugares a nuestro paso, diferentes cuerpos a diferentes tiempos que se comunican bajo un rastro común.
La forma en la que se desgastan estos espacios comunes aluden a marcas, dibujos que delimitan y generan nuevos espacios espontáneos, que no dejan de crecer, mutan según acumulan con el paso del tiempo. Hay ocasiones que es necesario forzar la mirada para reconocer las señales vitales que han dejado los cuerpos. Mientras caminas, puedes encontrar una barandilla que toma brillo por el roce, los escalones se desgastan, y en los recovecos de la ciudad se acumulan “pistas” sobre lo que se ha vivido en ellos. Este volver la mirada al rastro para indicarlo y dignificarlo es un punto de partida del proyecto, señalando la posible repercusión involuntaria y liosa de los actos que nuestros cuerpos realizan, actos que se transforman en rastros efímeros que vagan por las calles totalmente indefinidos.
La frescura de estos rastros posee un valor que es inigualable e incalculable ya que son siempre únicos, a pesar que para los que los originan, personas que pasan a diario por el mismo lugar este desgaste que revindico sea solamente mierda.
Me encuentro con que nuestros cuerpos tienen necesidad de hacerse notar con pequeñas huellas o marcando su presencia mediante rastros ante otros cuerpos a pesar de que nos han enseñado desde pequeños a intentar pasar desapercibidos en la medida de lo posible si esto es lo que deseamos.
Los movimientos que pasan desapercibidos que se ejecutan de manera inconsciente pasan a ser controlados, retornan a nosotros para convertir acciones naturales en actuaciones conscientes y razonadas.
Es decir, minimizar la cantidad de actos involuntarios haciendo ver que controlamos la mayoría de nuestras acciones naturales animales que no suelen estar ligadas a la sociabilización occidental y a lo políticamente educado. NOS EDUCAN PARA NO DEJAR RASTRO.
Ahora el movimiento cotidiano queda convertido en un gesto artístico. Voy detrás del cuerpo.
No quiero dar forma ni nombre a estos rastros tan solo señalarlos, hacerlos visibles en contraposición con los rastros anónimos. Mediante la utilización de una tiza he marcado mi rastro por las calles del centro de Madrid mientras camino. La tiza supone dejar una marca que se deshace a nuestro paso y con el tiempo vuelve a desaparecer, retornando al gesto sin firma. La levedad del material, prácticamente polvo blanco nos remite a la inocencia de la infancia, donde un gesto no traía repercusión alguna.
Trato la tiza sobre la pared como si esta no fuera a repercutir en nada, ni para bien ni para mal, aunque así lo haga.
Por lo tanto recurro a la utilización de la tiza para representar de una forma compleja la espontaneidad de los movimientos inconscientes cambiando el medio a mi paso.
Estos recorridos están centrados en la calle, para que el enfoque callejero invite a que uno pueda apreciar mi posición desde cualquier lugar de su ciudad, conviviendo con la confluencia de rastros de distintos cuerpos cruzados en tiempos diferentes.
Este proyecto esta actualmente en marcha, y mi intención es continuar reflexionando sobre la actuación del cuerpo en la calle, su rastro, sus restos, sus limitaciones, y su clara y no tan clara visibilidad.
Un saludo.
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